Antes de abordar esta cuestión, es esencial clarificar un malentendido común respecto a la postura de la Torá sobre la mentira. Contrario a la creencia popular, la Torá no emite una prohibición explícita contra la mentira con el mandato de «¡No mentirás!». Lo que encontramos, en cambio, es una exhortación a «¡De la mentira te alejarás!» (Shemot [Éxodo] 23:7), lo cual implica un enfoque más matizado. Este matiz es crucial, ya que reconoce situaciones en las que distorsionar la verdad puede ser no solo permitido, sino moralmente obligatorio, como en casos donde la verdad pura podría causar daño, conflictos en relaciones interpersonales, o comprometer la seguridad nacional.
La realidad es que la vida diaria nos presenta con frecuencia «mentiras piadosas» aceptables socialmente. Un ejemplo trivial sería el acto de redondear la hora al ser consultados, una práctica común que rara vez se espera que sea precisamente exacta. Si la Torá hubiese prohibido mentir de manera absoluta, incluso declarar la hora requeriría precauciones verbales para no caer inadvertidamente en la falsedad. Estaría prohibido redondear algunos minutos.
Este principio también se extiende a contextos más serios, donde ocultar la verdad puede ser una estrategia para evitar provocar envidia y protegerse del mal de ojo. Los Sabios del Talmud abordan este tema, señalando que las personas a menudo esconden parte de sus riquezas o niegan su posesión para no ser percibidos como adinerados y así evitar el resaltar entre la multitud (Talmud Bablí, tratado de Sanedrín 29b, y Babá Batrá 174b y 155a, con el comentario de Rashí). Desde tiempos antiguos, esta práctica ha sido considerada aceptable, y si alguien intentara explotar dicha mentira en un tribunal, la defensa de haberlo hecho para protegerse del mal de ojo sería considerada válida.
En conclusión, mientras la Torá nos insta a alejarnos de la mentira, también reconoce la complejidad de la experiencia humana, permitiendo ciertas desviaciones de la verdad cuando estas sirven para proteger el bienestar personal o colectivo. La ética de mentir para protegerse del mal de ojo, por tanto, se inscribe en este marco de flexibilidad moral, donde la intención y el contexto definen la licitud de tales acciones.

