El mes hebreo de Íar se presenta como un faro de esperanza y curación, arraigado tanto en la mística judía como en la reflexión profunda sobre la naturaleza humana y su relación con lo divino. En este periodo, se nos invita a contemplar la dualidad de la existencia: la interacción entre la providencia celestial y la responsabilidad personal, especialmente en el contexto de la salud y el bienestar.
La curación, vista a través del prisma de la kabalá y la práctica médica, no se limita a intervenciones físicas o a fórmulas mágicas, sino que abarca un espectro más amplio de comprensión y acción. La pregunta que surge al considerar Íar como un mes propicio para la sanación no busca desacreditar la ciencia ni abogar por un abandono de la práctica médica en favor de milagros. Más bien, nos desafía a explorar cómo la fe y la ciencia, lejos de ser excluyentes, pueden complementarse y enriquecer nuestra búsqueda de la salud.
En la narrativa de Íar, encontramos la ingestión del maná, el alimento divinamente provisto que nutrió a los hijos de Israel en el desierto. Este acto simboliza no solo la provisión divina, sino también la importancia de una dieta que sustenta y cura. Aquí, la espiritualidad se entrelaza con la práctica de cuidado personal, recordándonos que lo que consumimos, tanto física como espiritualmente, tiene el poder de sanarnos o dañarnos.
La afirmación «Aní Hashem rof’eja» (acróstico de la palabra Íar), que Dios es nuestro sanador, encapsula la creencia de que la curación última proviene de una fuente divina, aunque esta creencia no exime al hombre de buscar remedios terrenales. En este sentido, la medicina actúa como el medio a través del cual se manifiesta la sanación divina, con el profesional de la salud sirviendo como el intermediario entre Dios y el paciente. Esta perspectiva no solo valida, sino que también santifica, la práctica médica.
Sin embargo, la Torá y el Talmud nos recuerdan que el acto de curar no es exclusivo de Dios ni del médico; es un proceso colaborativo que requiere participación activa del individuo. Se nos insta a tomar decisiones saludables y a seguir el consejo médico, reconociendo que, a través de estas acciones, estamos cumpliendo con mandamientos divinos y honrando el cuerpo que Dios nos ha dado.
La historia de Íar es también una historia de viaje y transformación. Al igual que los israelitas que se movieron paso a paso hacia el monte Sinaí, preparándose para recibir la Torá, en el mes de Íar, nosotros también estamos en un viaje constante hacia la mejora personal, incluyendo nuestra salud física y espiritual. Este proceso de «contar el Omer», de reflexionar y rectificar nuestros rasgos de carácter, simboliza el esfuerzo personal que acompaña a la fe en la curación divina.
Íar, por lo tanto, nos enseña que la salud es un estado de armonía entre el cuerpo y el alma, entre el esfuerzo humano y la gracia divina. La sanación verdadera ocurre cuando reconocemos nuestra vulnerabilidad y limitaciones, al mismo tiempo que confiamos en la capacidad de superación y la presencia de un poder superior en nuestras vidas.
La Kabalá nos revela que Íar es un tiempo especial no por sus propiedades mágicas, sino porque nos recuerda la importancia de equilibrar la fe con la acción, la ciencia con la espiritualidad. En este mes, la curación se convierte en un acto de fe consciente y de responsabilidad personal, un recordatorio de que, en el camino hacia la salud, somos tanto peregrinos como socios de Dios.

